Condena eterna
Decían que desde Ricardo "el divino" Zamora, las canchas no veían un golero como él.
No era muy alto, 176 centímetros y mucha agilidad para el que atajaba con rodilleras, pero sin guantes, para sentir mejor la pelota.
Aquella tarde sería campeón del mundo, una de las pocas cosas que le faltaba ganar, era el mejor de todos, era sabido, y ese 16 de julio de 1950 lo demostraría una vez más.
Había estudiado carpintería, pero empezó a jugar fútbol.
Cuando se casó con Clotilde, pensando en su futuro se metió a estudiar química farmacéutica, pero lo vieron jugar y tuvo que dejarlo todo por el fútbol.
El futuro le sonreía, con 23 años lo compraba el Vasco de Gama, en donde disputaría con 6 goleros más el puesto, hasta adueñarselo de manera indiscutible.
Al año siguiente era titular y campeón carioca invicto.
Decían que fueron cerca de 220.000 personas, los que llenaron el estadio más grande que el mundo hubiera visto jamás.
Alcanzaba con empatar para ser campeones, pero el equipo venía de ganar y ganar, en los dos partidos previos habían convertido 13 goles; la victoria era segura.
El calor era sofocante, pero en poco más de hora y media todo serían festejos, todo estaba pronto.
Sería una jornada larga, con desfile por las calles, antes de poder dirigirse a la lujosa residencia de las afueras de Río destinada durante 4 meses a los campeones del mundo.
"Ustedes, que en una horas serán los campeones del mundo…”, decía Angelo Mendes de Morais, Prefecto de Río en la ceremonia previa al partido.
El país estaba de fiesta, se habían vendido más de 500.000 camisetas con la leyenda "Brasil Campeao 1950".
Se llamaba Moacyr Barbosa, y a los 29 años era el mejor golero de su país, y del mundo.
Nunca lo habían expulsado, según dicen era un caballero en la cancha. Habituado a ganar, lo hacía desde hacía años con el vasco, equipo al que le decían "Expresso da Vitória", y con su selección, la que defendía desde hacía 5 años habiendo ganado varios títulos.
Faltaban 11 minutos para acabar el partido y el marcador estaba 1 a 1 cuando el puntero derecho adversario tira al arco, y él se estira y la saca al corner. Eso creyó, eso juraría una y otra vez en los siguientes 50 años de vida, estaba seguro que la había sacado.
Pero la pelota venía envenenada y entró, y Brasil perdió, y de allí en más la vida del negro Moacyr no volvió a ser la misma.
Dicen que aquel día 50 millones de personas que salieron a festejar, acabaron llorando por las calles, y dicen que mucha gente murió víctima de infartos y hasta suicidios, en medio de una tragedia nacional peor que si se hubiera perdido una guerra.
Y todo por culpa de Barbosa, que no pudo detener una simple pelota, la pelota más importante de su vida.
Jugó 12 años más, se retiró a los 41 años sin pena ni gloria en un partido donde se lesionó, en una canchita en los suburbios.
Los años siguientes transcurrieron en medio de problemas económicos, desempleado, dicen que finalmente le dieron un trabajo cortando el césped de Maracaná, quizás como venganza para obligarlo a revivir una y otra vez la peor tarde de su vida.
En 1963 la administración del estadio resolvió cambiar los arcos del Maracaná, y le donaron el arco aquel donde 13 años antes se sellaría su suerte.
Moacyr Barbosa se llevó aquel símbolo de su desgracia para su casa, donde luego de partirlo en pedazos, lo prendió fuego e hizo un asado con algunos amigos.
Envejecería en la pobreza, recibiendo una pequeña pensión que le permitió sobrevivir hasta el año 2000.
En 1993 había sido invitado por una cadena británica a cubrir los preparativos de la selección de su país para el mundial del año siguiente en Estados Unidos.
Pero el presidente de la Asociación Brasileña de Fútbol le prohibió la entrada a la concentración: "Llévense lejos a este hombre, que sólo trae mala suerte".
Por entonces el otrora célebre Barbosa, ya anciano se lamentaría: "La pena más alta en mi país por cometer un crimen es de 30 años. Hace 43 que yo pago por un delito que no cometí."
Murió por allá por julio del 2000, en un hospital de Santos, casi olvidado, para su suerte, ya que durante 50 años se le recordó por aquella infame pelota que nunca debió entrar. Como dice la canción, "la condena de Maracaná se paga hasta morir".
Alguna vez dijo: "sólo seré absuelto por la justicia divina, porque por la de los hombres sé que estaré condenado eternamente."
Una musiquita para acompañar; la que fuera desencadenante hoy de este recuerdo a Barbosa el maldito, el golero más grande de su tiempo, el más odiado por su propia gente de todos los tiempos.
Letra y música de Tabaré Cardozo, es "Barbosa", y a mi me parece buenísima, así que ahí va.
No era muy alto, 176 centímetros y mucha agilidad para el que atajaba con rodilleras, pero sin guantes, para sentir mejor la pelota.
Aquella tarde sería campeón del mundo, una de las pocas cosas que le faltaba ganar, era el mejor de todos, era sabido, y ese 16 de julio de 1950 lo demostraría una vez más.
Había estudiado carpintería, pero empezó a jugar fútbol.
Cuando se casó con Clotilde, pensando en su futuro se metió a estudiar química farmacéutica, pero lo vieron jugar y tuvo que dejarlo todo por el fútbol.
El futuro le sonreía, con 23 años lo compraba el Vasco de Gama, en donde disputaría con 6 goleros más el puesto, hasta adueñarselo de manera indiscutible.
Al año siguiente era titular y campeón carioca invicto.
Decían que fueron cerca de 220.000 personas, los que llenaron el estadio más grande que el mundo hubiera visto jamás.
Alcanzaba con empatar para ser campeones, pero el equipo venía de ganar y ganar, en los dos partidos previos habían convertido 13 goles; la victoria era segura.
El calor era sofocante, pero en poco más de hora y media todo serían festejos, todo estaba pronto.
Sería una jornada larga, con desfile por las calles, antes de poder dirigirse a la lujosa residencia de las afueras de Río destinada durante 4 meses a los campeones del mundo.
"Ustedes, que en una horas serán los campeones del mundo…”, decía Angelo Mendes de Morais, Prefecto de Río en la ceremonia previa al partido.
El país estaba de fiesta, se habían vendido más de 500.000 camisetas con la leyenda "Brasil Campeao 1950".
Se llamaba Moacyr Barbosa, y a los 29 años era el mejor golero de su país, y del mundo.
Nunca lo habían expulsado, según dicen era un caballero en la cancha. Habituado a ganar, lo hacía desde hacía años con el vasco, equipo al que le decían "Expresso da Vitória", y con su selección, la que defendía desde hacía 5 años habiendo ganado varios títulos.
Faltaban 11 minutos para acabar el partido y el marcador estaba 1 a 1 cuando el puntero derecho adversario tira al arco, y él se estira y la saca al corner. Eso creyó, eso juraría una y otra vez en los siguientes 50 años de vida, estaba seguro que la había sacado.
Pero la pelota venía envenenada y entró, y Brasil perdió, y de allí en más la vida del negro Moacyr no volvió a ser la misma.
Dicen que aquel día 50 millones de personas que salieron a festejar, acabaron llorando por las calles, y dicen que mucha gente murió víctima de infartos y hasta suicidios, en medio de una tragedia nacional peor que si se hubiera perdido una guerra.
Y todo por culpa de Barbosa, que no pudo detener una simple pelota, la pelota más importante de su vida.
Jugó 12 años más, se retiró a los 41 años sin pena ni gloria en un partido donde se lesionó, en una canchita en los suburbios.
Los años siguientes transcurrieron en medio de problemas económicos, desempleado, dicen que finalmente le dieron un trabajo cortando el césped de Maracaná, quizás como venganza para obligarlo a revivir una y otra vez la peor tarde de su vida.
En 1963 la administración del estadio resolvió cambiar los arcos del Maracaná, y le donaron el arco aquel donde 13 años antes se sellaría su suerte.
Moacyr Barbosa se llevó aquel símbolo de su desgracia para su casa, donde luego de partirlo en pedazos, lo prendió fuego e hizo un asado con algunos amigos.
Envejecería en la pobreza, recibiendo una pequeña pensión que le permitió sobrevivir hasta el año 2000.
En 1993 había sido invitado por una cadena británica a cubrir los preparativos de la selección de su país para el mundial del año siguiente en Estados Unidos.
Pero el presidente de la Asociación Brasileña de Fútbol le prohibió la entrada a la concentración: "Llévense lejos a este hombre, que sólo trae mala suerte".
Por entonces el otrora célebre Barbosa, ya anciano se lamentaría: "La pena más alta en mi país por cometer un crimen es de 30 años. Hace 43 que yo pago por un delito que no cometí."
Murió por allá por julio del 2000, en un hospital de Santos, casi olvidado, para su suerte, ya que durante 50 años se le recordó por aquella infame pelota que nunca debió entrar. Como dice la canción, "la condena de Maracaná se paga hasta morir".
Alguna vez dijo: "sólo seré absuelto por la justicia divina, porque por la de los hombres sé que estaré condenado eternamente."
Una musiquita para acompañar; la que fuera desencadenante hoy de este recuerdo a Barbosa el maldito, el golero más grande de su tiempo, el más odiado por su propia gente de todos los tiempos.
Letra y música de Tabaré Cardozo, es "Barbosa", y a mi me parece buenísima, así que ahí va.
Barbosa
La noche está de luto,
la fiesta terminó,
el mundo no comprende qué pasó
con el campeón.
La calle está desierta
el sueño se perdió,
el llanto de un borracho
es un montón de maldición.
Cuida los palos Barbosa
del arco del Brasil,
la condena de Maracaná
se paga hasta morir.
Quema los palos Barbosa
del arco del Brasil,
la condena de Maracaná
se paga hasta morir.
Un viejo vaga solo;
la gente sin piedad
señala su fantasma sin edad,
por la ciudad.
Su sombra corta el pasto
en el Maracaná,
repasa la jugada en soledad
mil veces más.
Cuida los palos Barbosa
del arco del Brasil,
la condena de Maracaná
se paga hasta morir.
Quema los palos Barbosa
del arco del Brasil,
la condena de Maracaná
se paga hasta morir.
Tabaré Cardozo









1 comentarios:
Andaba buscando una buena transcripción de la canción y por suerte la encontré por acá.
Tratando de encontrar un cortometraje dirigido por el brasilero Jorge Furtado, llamado "Barbosa", me topé de casualidad con que Tabaré Cardozo había hecho esta canción, muy buena realmente, y también muy triste.
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