Fin de cursos

El lunes pasado se hizo la fiesta de fin de cursos de la escuela de aquí, de Atlántida, donde el enano terminó de cursar quinto grado.
Por misteriosas razones, la misma no se llevó a cabo, como en los años anteriores, en el edificio escolar, sino que vino a realizarse en el gimnasio del liceo.
Para completar un panorama poco prometedor, la fiesta incluía a ambos turnos, lo que obviamente duplicaba la cantidad de gente presente, ya que los niños superan los 500, y en la mayoría de los casos había más de un adulto por cada uno de ellos.
El día además se presentó soleado y muy caluroso, por lo que el gimnasio atestado de gente era una especie de horno gigante, donde resultaba difícil mantenerse en pie durante el interminable acto donde cada clase demostraba qué monerías sabía hacer.
Pocas filas delante de mí una señora ya entrada en años se descompuso, desmayándose, y debiendo ser atendida en medio de un apasionante discurso de la directora.
Yo para evitar seguir los pasos de la anciana, iba y venía, saliendo a cada rato para respirar aire puro, ventilarme, y descansar los oídos de la estridencia informe de la pésima amplificación sonora.
Años anteriores el acto se hacía en la escuela, y aunque el patio quedaba algo apretado (también el gimnasio resultó chico), por tratarse de un espacio abierto resultaba bastante más amigable.
Por otra parte, al haber salones, la posterior entrega del carné de calificaciones era relativamente ordenada.
En esta ocasión, en determinado momento la directora dijo que se realizaría la entrega de los carné, sin especificar dónde ni cómo, desentendiéndose de la cuestión, mientras la gente, hastiada y acalorada, luego de un acto que empezó tarde y duró demasiado, salía en estampida en todas direcciones, a los empujones, mientras los niños quedaban sepultados entre una multitud de adultos que sin ver nada deambulaban por el gimnasio atestado buscando a sus hijos.

Luego de buscar sin éxito por diez minutos, decidí subir a un balcón que tiene el gimnasio, para ver si desde las alturas divisaba a mi hijo.
Cuando logré subir encontré allá arriba un padre bastante sacado, ya que su hijo de 6 años no aparecía, y mientras le buscaba con la vista gritaba que era una vergüenza, y que enviaría una cvarta y fotos al CODICEN.
La realidad es que muchos niños se perdieron, y muchos acabaron fuera del gimnasio, esperando a reconocer el rostro de alguien familiar, mientras dentro la directora charlaba con la inspectora de la zona, la misma de siempre.
Dudo que la denuncia del señor tenga algún éxito, obviamente la amistad entre la inspectora y la directora hacen que no se resuelvan los serios problemas de dirección de la escuela.
Que los niños salen a los paseos en ómnibus en pésimo estado, sentados 2 ó 3 por cada asiento pagando carísimo cada paseo; que hay maestras que van con su hijo a clase aunque esto esté prohibido; que otras maestras se olvidan que sus alumnos están en el aula esperándolas pasada media hora del timbre de salida mientras ellas están de tertulia en la dirección; que las puertas de la escuela permanecen abiertas y sin vigilancia y pueden verse niños entrar y salir en horas de clase, y un largo etcétera.
La dirección ha tenido suerte hasta el momento, no ha ocurrido nada extremadamente grave con algún niño hasta ahora.
La cuestión es que ha pasado un acto más de fin de cursos, por suerte me queda uno más y acaba el tormento.
Lo que me preocupa es dónde se realizará el próximo, será en el sauna del club,o quizás en el quiosko que está frente a la iglesia. Seguramente el año entrante la ingeniosa mente de la directora se las arreglará para que sea más largo, más aburrido, en un lugar con peor acústica, más apretado, peor ventilado y más caluroso.
Pero así y todo iré con la calma espiritual de saber que será el último.










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