El pasado fin de semana nos fuimos desde el viernes a Valizas.
Yo había estado una vez, hace más de 20 años, por un día y una noche, con unos atorrantes, amigos del liceo, y no había podido recorrer nada; había bajado del ómnibus en el centro, de allí al almacén, a la playa, y de la playa a buscar donde dormir, poco más, para no entrar en demasiados detalles.
Ahora fue diferente, por suerte.
Llegamos casi caída la noche, y en lo que demoramos en abrir la casa y bajar las cosas de auto ya estaba completamente oscuro.
Aunque durante el trayecto habían caído algunas gotas y las nubes amenazaban con una lluvia más seria, al llegar ya no llovía, y cuando decidimos salir a caminar ya estaba completamente despejado.
Según parece siempre está algo ventoso, pero esa noche no había viento, ni nubes, y el cielo estaba más estrellado, casi, que en cualquier otra parte, seguramente a causa de la falta de luces de alguna ciudad grande que compitan con las estrellas.
Allí caminamos en la más absoluta oscuridad, por calles de tierra donde el piso se adivina, pero no se ve más que la lucecita de alguna casa cada tanto, que ayude a mantenerse en el camino.
En el centro, lleno de gente a pie, en grupos, en parejas, disfrutando de una noche perfecta, en esas 3 ó 4 cuadras de puestos de artesanías iluminados con velitas, y locales mayormente de madera, con mesas afuera donde sentarse a comer.
La fauna es más o menos la misma que yo recordaba de los balnearios de Rocha en general, en las casas se ven las 4x4, pero por la calle es difícil imaginar de quién son, porque lo que se ve son pseudo hippies (algunos bastante entrados en años), rastas truchos, y algún surfista despistado.
Todo en un ambiente muy tranqui, que da la sensación de estar todo el mundo en una onda amor y paz.

Al día siguiente pudimos ir a la playa, y más tarde a pasear por los médanos, donde quedé absolutamente impactado por el paisaje.
En primer lugar, la vastedad de la playa es inusual.
Luego, las dunas son de una escala que es difícil de imaginar sin estar allí.
Es como si estuviéramos en algún desierto, las dunas se suceden una tras otra, cada una más alta que la anterior, cada una parece ser la última.
Pero además, ese "desierto", esas enormes dunas, están al borde del mar, creando un paisaje único.

Quizás para quien ya conoce el lugar esto parezca muy obvio, pero para quien, como yo, no conoce ni espera lo que está por aparecer frente a los ojos, la imponencia del lugar es abrumadora.
He escuchado decir en muchas ocasiones que es un lugar con mucha energía, y estando allí, esas palabras que podrían parecer una bobada mística cobran otro significado.
Es un lugar realmente mágico.
Mágico por lo que provoca interiormente al contemplarlo.
En el momento quise decir lo que sentía y no me salía nada, era demasiado impresionante.
Luego recordé que Galeano escribió algo en el
"Libro de los abrazos", que expresa a la perfección lo que sentí allí.
Pongo la cita, para no decir mal, algo que ya alguien dijo tan bien.
“Diego no conocía la mar. El padre, Santiago Kovadloff, lo llevó a descubrirla. Viajaron al Sur. Ella, la mar, estaba más allá de los altos médanos, esperando.
Cuando el niño y su padre alcanzaron por fin aquellas cumbres de arena, después de mucho caminar, la mar estalló ante sus ojos. Y fue tanta la inmensidad de la mar, y tanto su fulgor, que el niño quedó mudo de hermosura.
Y cuando por fin consiguió hablar, temblando, tartamudeando, pidió a su padre: -Ayúdame a mirar”. Eduardo Galeano, El libro de los abrazos.

De un lado de las dunas enormes, playas que parecen infinitas, el mar contra unas rocas de formas insólitas, producto de siglos de erosión; del otro los ranchos de madera sobre pilotes, las dunas enormes, y los ríos de arena que el viento forma entre ellas, los vestigios de alguna casa que se tragó la tierra, hace quién sabe cuánto, dejando ahí algunos restos como testimonio; a lo lejos alguna silueta humana, mínima, diminuta, sobre los médanos enormes. Escenarios para mil sueños.
Me fui con la sensación de que debía quedarme y seguir mirando cada cosa, cada detalle; que estaba viviendo un momento que no iba a olvidar en toda la vida y debía prolongarlo cuanto pudiera.

Finalmente regresamos a la casa, en algún momento debía acabar.
El consuelo era que volvería al día siguiente, y aunque ya sabía que esperar, sabía también que habría un placer renovado al día siguiente.
Pero al día siguiente llovió; llovió de manera imposible y nos fuimos.
Me fui con la pena de que el tiempo no hubiera acompañado otro día, pero con la convicción de que no pasaría demasiado tiempo sin volver.
Y así será, el regreso está agendado, ya tiene fecha, y cuento los días...